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lunes, 10 de diciembre de 2007

ImageMorín se hacía querer, ocultaba sus nombres... Era como un ángel protector para ellas. Las libraba de la panza y a cambio él hacía caja”. Lo recuerda con crudeza Elena (nombre supuesto), quien durante años colaboró estrechamente con el ginecólogo peruano encarcelado hace hoy 14 días. Carlos Morín, 58 años, el magnate del aborto –acusado de encabezar un negocio montado en torno a interrupciones de embarazos fuera de la ley en sus cuatro clínicas de Barcelona–, había tejido con influencias una extensa red de captación de clientes dentro y fuera de España. “Los que le llevaban el tinglado aquí eran muy pocos, cinco o seis personas, gente de absoluta confianza que sólo él y su pareja, María Luisa Durán [también presa], que actuaba como gerente de las clínicas, sabían en realidad a qué se dedicaban”, explica Elena.

Uno de sus empleados sin nombre era, precisamente, la encargada de coordinar Barcelona con las clínicas extranjeras que suministraban embarazadas –dispuestas a abortar– a los centros de Morín. Una suiza, hija de padres españoles inmigrantes, que hablaba cuatro idiomas. Terminó mal con el doctor. Su misión principal consistía en organizar viajes con gestantes que residían en Portugal, Reino Unido, Francia, Marruecos y Holanda, países donde operaba la red de captación de pacientes montada por el abortero.

Se trataba, puntualiza Elena, de “mujeres que llegaban, como mínimo, con seis meses de gestación”. Se les ofrecían paquetes de viajes que incluían noches de hotel, alimentación, anestesista y aborto. Las embarazadas solían alojarse en el hotel Tres Torres, situado a dos calles de la clínica Ginemedex, una de las que más abortos hace. Dos noches de alojamiento era lo habitual. Cada uno de estos paquetes salía por unos 5.000 euros. Y sin factura. La forma de pago se acordaba verbalmente con la coordinadora suiza y se hacía siempre en negro.

“Morín se cuidaba mucho de que no hubiera papeles de por medio. Luego él declaraba, tanto a Hacienda como a la Generalitat, lo que le parecía”. En 2004 declaraba unos beneficios irrisorios que apenas superaban los 6.000 euros. Elena dice más: “Cada año pasaban por allí cientos de embarazadas. No sabíamos el número, ni siquiera aproximado, porque él tenía especial cuidado con los datos. Los ocultaba. Lo que sí es cierto es que venían fetos de seis, siete y hasta ocho meses. Un escándalo. Pero Morín los registraba falsamente como menores de 22 semanas”.

Ya en Barcelona, las mujeres eran recibidas por un pequeño grupo de relaciones públicas –personas de absoluta confianza del doctor– cuyo cometido era distribuirlas por las cuatro clínicas del médico peruano de acuerdo con el historial médico de cada una. Incluso aceptaba a mujeres reincidentes. “Algunas embarazadas ya habían abortado una o dos veces”.

En España, la tela de araña tejida durante años por Carlos Guillermo Morín Gamarra para captar clientes contaba con la inestimable ayuda de uno de sus principales inventos en el negocio de los abortos: la Fundación Morín. A través de la entidad, creada con el dinero de una herencia familiar, el ginecólogo logra abrirse paso en el mundo de las inmigrantes. Y empieza a trabajarse los locutorios de las principales localidades de Cataluña. Crea una red boca a boca. Más tarde lo haría en los de Alicante, donde cuenta con otro centro, Ginetec.

Según describe Elena, estos lugares eran visitados periódicamente por enviados de confianza de Morín, cuya misión principal sería dar a conocer sus clínicas, obtener información de las mujeres inmigrantes, de su estado de salud y ofrecerles una solución. “Muchas veces su mayor problema era que estaban embarazadas –en ocasiones eran chicas violadas que nunca se atreverían a denunciar– y no sabían a quien acudir”, cuenta Elena. Pero ahí estaba el altruista Morín.

Gente adiestrada por él visitaba frecuentemente los locutorios, ofreciendo a las extranjeras (entre las que se encontraban subsaharianas, peruanas, colombianas...) la posibilidad de realizar cursos de asistentas domésticas, de cocina, revisiones ginecológicas gratis y la promesa de un trabajo que no siempre llegaba. Según Elena, estos lugares se habían convertido en un caladero de pacientes para la empresa de Morín. “Las que optaban por interrumpir su embarazo le pagaban los abortos a plazos con el dinero que sacaban cuidando a personas mayores o inválidas o limpiando casas. A ojos de la gente de la calle, el tipo quedaba como una persona de buen corazón, humanitaria, mientras, por detrás, hacía negocio”.

Pero Morín tiene otros ingresos. Fondos de la propia Generalitat. Le entran a través de Salud y Familia, una entidad privada, reza en su página web, que desde 1990 ofrece “un servicio de financiación selectiva de la interrupción legal del embarazo” a residentes en Cataluña. (De 1991 a 2005 han atendido a 33.138 mujeres, 3.669 sólo en 2005 gracias, en parte, al dinero del Gobierno catalán). Entre los destinatarios últimos de estas ayudas figuraban las clínicas del doctor. Nada ilegal. Otra cosa es que fuera ético. A las mujeres que se encontraban en el primer trimestre de embarazo (dentro de los límites de la ley), Salud y Familia les financiaba con 300 euros el aborto. Dinero que iba a parar a la arcas del ginecólogo.

La pregunta que se hacen muchos es ¿por qué han contribuido a engordar las arcas de un sospechoso, desde hacía años, de practicar abortos ilegales? Crónica ha intentado ponerse en contacto con la asociación. Nadie, desde el miércoles por la tarde, responde a la llamada telefónica.

“Estamos conmocionados”, se queja a este suplemento el coordinador de la Fundación Morín en Perú, Edgardo Tello. No en vano, entre el 16 y el 29 septiembre de 2005, cuando visitó Trujillo por última vez, la ciudad de sus ancestros, el galeno promovió gratis 67 ligaduras de trompas y 63 laparoscopias, además de donar equipos sanitarios al centro de salud. En total, según la entidad, más de 100.000 euros. Morín fue condecorado con la medalla de la Orden de Chan Chan, el máximo reconocimiento del Gobierno Regional. Se la dieron “por contribuir a la salud sexual y reproductiva de las mujeres”.

Al otro lado del charco, en Barcelona, una jueza sigue tirando de la red tejida por el ginecólogo. No se descartan nuevas detenciones. En Holanda, una chica de 24 años ha sido detenida por haberse sometido a un supuesto aborto ilegal en la ciudad condal. ¿Le sonará el nombre de Morín? –Paco Rego (El mundo -Crónica)

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