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domingo, 27 de agosto de 2006
Alfonso Callejo 
YO he depositado varias veces mi mano curiosa (una mano abierta y acaparadora anhelante de percibir sensaciones en todas las yemas de los dedos), activados al máximo los sensores epidérmicos del tacto como las ventosas de un pulpo joven y vigoroso que se adhieren sin embargo suave y cautelarmente a una presa nueva para no perder detalle y captar al unísono el impulso fugaz de un movimiento desconocido. Sí, yo he puesto más de una vez esa mano encubridora en un vientre sugerente y palpitante, y he sido partícipe de sensaciones soterradas, casi telúricas, impresiones compartidas, y he contemplado al mismo tiempo una mirada húmeda siempre acompañada de una sonrisa cómplice. Y no satisfecho, con la tozudez errática de un fonendo en manos de sanitario principiante, he arrimado mi oído a ese abdomen caliente henchido de misteriosos impulsos, entrecerrando los ojos para mejor percibir el lejano latido intrauterino que reafirme la existencia cierta de una vida nueva, metamorfosis mágica todavía amniótica, en la que yo tuve algo que ver... Tengo dos hijos, alguno de ellos finalizando sus estudios universitarios (precisamente Biología), y por mucho tiempo que pase, sé que jamás experimentaremos una sensación comparable a aquellos momentos de juventud en los que en pareja nos sentimos creadores, inseguros e importantes a un tiempo, sintiéndonos privilegiados por el don impensable y secretamente inmerecido de generar nuevas vidas, asumiendo con extraña naturalidad que con aquello se derrumbaban definitivamente los placenteros y desprendidos castillos de la adolescencia. La palabra responsabilidad irrumpió con toda su severa carga, pero en buena armonía con los últimos coletazos de una etapa fácil y lúdica que se desdibujaba sin traumas.

Quisiera unirme con esta sincera remembranza a las manifestaciones y opiniones que cada vez con mayor insistencia aparecen en los medios de comunicación con relación al aborto y los «embarazos no deseados», expresión que despojada de sus comillas ha tomado carta de naturaleza en la vida cotidiana, asumiéndose que la irrupción de un nuevo ser humano es en muchas ocasiones parte de una nefasta estadística que hay que reducir con programas específicos, como si de accidentes de tráfico se tratara, con la diferencia sutil de que la interrupción de todos esos embarazos supone un aumento sustancial y aberrante de muertes. Alguien ha dicho con acierto que determinadas leyes medioambientales protegen más adecuadamente y con mayores sanciones y penas a un huevo de alcaraván que a un feto humano. Sencillamente, se ha banalizado hasta extremos insospechados la evitación de nuevas e incipientes vidas humanas dando mayor peso a criterios discutibles que aluden a circunstancias de embarazo o determinadas semanas de gestación. Es cierto que hay una ley que regula la interrupción del embarazo despenalizando el aborto en casos extremos y graves, pero no un control que persiga su incumplimiento sistemático universalizando mecánicamente para todos los abortos legales el tercer supuesto de «grave peligro para la salud física o psíquica de la madre» que sólo requiere la firma de un formulario por parte de un facultativo perteneciente a una clínica montada para ganar dinero (otras clínicas también producen dinero, pero salvan vidas). Estamos, como integrantes de esa sociedad occidental y avanzada técnicamente en muchos aspectos, ante un importante déficit ético que no se corresponde con esos supuestos avances y cuyos orígenes sería preciso analizar -ya otros lo han hecho con éxito- en un espacio muy superior al de este modesto artículo, donde también tendría inevitablemente cabida la investigación con células embrionarias, éstas «deseadas» por la ciencia, que mantienen congelados cientos de miles de embriones con su dotación gética completa como langostinos en espera de Navidad, pero con el mismo destino mortífero que las «no deseadas»: un cubo de basura para residuos orgánicos. Si es cierto -y nadie lo pone en duda- que en España y en el mundo occidental hay más abortos que nacimientos, es que han fallado estrepitosamente todos esos programas de información y prevención destinados a la población juvenil. Y no me refiero expresamente a la efectividad de los artilugios anticonceptivos, sino más bien a aspectos educacionales y formativos, de mayor y perdurable calado moral y en los que se deberían cargar las tintas en poner los medios para conseguir esa convivencia responsable de la que adolecen hoy nuestros jóvenes, en la que el sexo dejara de ser una finalidad inexcusable. Sé que es complicado, habría que cambiar la estética, los modelos... y los estados de opinión, Aunque en un contexto diferente, hay que erradicar la sentencia de Millán Astray («viva la muerte, muera la inteligencia»). Y esto llevará tiempo, tal vez una generación más, hasta volver a situar manos anhelantes sobre vientres jóvenes y trémulos, orgullosos de futuro cierto.

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