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lunes, 15 de octubre de 2007

Amaya está más cerca de los cuarenta que de los treinta. También está más cerca de ir plegando velas ante las novedades de la vida que de afrontar nuevos retos. Sin embargo, hace sólo seis meses que está en España con sus dos hijos. Es una mujer atractiva, a la vez hogareña y lista para moverse por el mundo. Tiene sentido del humor e ingenio, tras los cuales ahora esconde un miedo atroz. Un miedo común a muchas de sus compatriotas que viven en España. ¿Cuántas mujeres han dejado atrás patria, familia y seguridad para prosperar en otro país y, sin imaginárselo al partir, se encuentran embarazadas de un hombre del que no están seguras?

 

Al poco de llegar a España Amaya conoció a Javier, argentino nacionalizado español. Con ironía, Amaya afirma que por su rudeza Javier más bien parece ser un español nacionalizado argentino. Viven juntos desde hace dos meses. A ella le gustan muchas cosas de Javier, pero por encima de todas está el trato a sus hijos. Hijos que son de ella y no de él, pero que Javier ha aceptado como propios.

 

Sin embargo, Javier no muestra seguridad en una relación que a él le ha cambiado para bien la vida. Llevaba mucho tiempo sólo, pesimista e indolente. Amaya rompió su hosca rutina y entró en su casa como un vendaval. Ahora sabe lo bueno de tener una mujer al lado, pero desconoce como cuidarla, como convivir con ella e, incluso, como tratarla. Cualquier desacuerdo supone una discusión subida de tono y la sensación de que están en la cuerda floja, que la relación se va a romper en un segundo. Él intuye que se equivoca con sus modos, y ella intuye que no lo hace adrede. Pero la tensión se va acumulando y estalla definitivamente cuando Amaya descubre que está embarazada. Al enterarse en su interior surge un sentimiento que se bambolea entre el miedo y la alegría. Si ama a Javier, ¿cómo no va a estar contenta por tener un hijo suyo? Pero el miedo viene por la correspondencia que esa alegría exige: ¿se alegrará él? Y si no lo hace, ¿supone eso que no la quiere? Como si quisiera ponerle a prueba a él, o como si no se atreviera a ser optimista, cuando le dice a Javier que está embarazada lo hace sin un atisbo de emoción. Seca y arisca:

-         Javier, algo ha pasado, porque estoy embarazada.

-         ¿Cómo?

-         Lo que oyes.

 

El tono lánguido y duro de Amaya pone en seguida en guardia a Javier, que antes incluso de alegrarse o desesperarse, se para a pensar “¿qué querrá ella que diga?”. En unos segundos de meditación desquiciada no logra adivinar qué respuesta espera la mujer que quiere. Y entonces, sueltas las riendas:

-         Haz lo que quieras.

-         ¿Estás seguro?

-         ¿De qué?

-         De que es mejor que aborte

-         Yo no he dicho eso, sólo digo que no te obligo a nada, que es tu decisión.

-         Vale...

 

Amaya se ve inundada por un deseo irrefrenable de acabar cuanto antes con el embarazo. Ahora cree que Javier no está completamente enamorado de ella, pero piensa que lo acabará estando con el tiempo. Hay que “quitarse” ese problema ya. Además, si él no acaba sosegando su comportamiento, ¿qué va a hacer ella con tres hijos y sola? Su decisión es una mezcla de apuesta por el hombre con el que vive y de inseguridad por esa misma apuesta.

 

Cuando hablamos con Amaya pasa del llanto a la esperanza en pocos minutos. Se muestra esquiva para escuchar lo que supondría para ella el aborto. No quiere nada más que la ayuden a confirmar su decisión de abortar. Dice estar convencida, pero su locuacidad no para de buscar justificaciones que, espera, le corrobore toda persona con la que habla. No escucha, no piensa los consejos que se le dan, no parece retener información alguna... hasta que le decimos que una consecuencia inevitable del aborto es que rompe el vínculo que exista en la pareja. El rencor, la apatía y la incomunicación se apoderan del matrimonio o la pareja que aborta. Por primera vez en una hora, guarda silencio y escucha.

 

¿Es buena idea abortar para salvaguardar la relación, cuando esto la destruiría? Si escucha este consejo y le afecta es por algo más que la mera información que le damos. Lo que realmente le impacta es que esos sentimientos ya los tiene. Ya siente rencor hacia Javier por no querer tener el niño. Ya siente inseguridad por lo que la opinión que pueda tener él de ella y ella de él. Ya se tambalea todo.  Y descubre que no es el miedo a romper con Javier lo que la empuja a abortar, sino la certeza profunda de que no van a seguir juntos, de que se va a encontrar sola en la calle con una prole que mantener. Todo parece hundirse: ahora descubre que está flotando sobre un vacío, y el aborto no es en realidad un asidero para evitar la caída, sino el detonante final.

 

Se va más tranquila. Aunque parezca paradójico, el descubrir lo que realmente está aconteciendo en su vida aumenta sus preocupaciones, pero ver la situación tal cual es le hace sentir una leve calma.

 

Durante la semana, las broncas entre los dos no dejaron de aparecer. En la segunda cita, Javier quiso estar con ella. Acompañarla a hacerse una ecografía le hacía sentirse menos culpable. Pero, culpable de qué, pensaba, ¿si él no había dicho que no quisiera al niño? Pero, ¿y ella lo quería?

 

Dicen que una imagen vale más que mil palabras. Amaya había querido hacerse una ecografía porque tenía molestias. Sentía miedo a que algo estuviera mal a pesar de no querer aceptar el embarazo. Temía por su salud y, a la vez, intuitivamente, por algo tan delicado que llevaba dentro de sí y que quería eliminar. La contradicción se deshizo  sola, cuando el médico le mostró la imagen en el ecógrafo. Amaya se quedó sin respiración viendo como algo dentro de ella se movía y, decía el médico, tenía el corazón latiendo perfectamente. De repente, el tamaño del feto, que hasta entonces había servido para convencerla de que apenas era una vida lo que llevaba en su interior, le empujaba a proteger a ese hijo que pendía del hilo de su relación con Javier. Tenía que proteger algo tan pequeño, que se movía y dejaba escuchar su corazón. Ese alguien que había venido sin que nadie le preguntara su opinión estaba encogido en su vientre: alimentándose de lo que ella comía y padeciendo la angustia que ella sufría.

 

Javier no había querido entrar en la sala con Amaya, pero cuando vio su rostro mudado al salir, comprendió que algo había cambiado. Ella casi se lo susurro:

-         Tenemos que pensar que hacemos- lo que era novedoso, ya que lo habían pensado pero no juntos, sino por separado.

-         Sí, sí...

 

Y ese “sí, sí” luego se descubrió por parte de él como un “pero si yo sí quería tenerlo”, y un “pues quien lo diría”, por parte de ella...

 

Durante otros dos días hubo discusiones mezcladas con conversaciones sobre qué hacer, especialmente porque ninguno de los dos se atrevía a decir: "lo tenemos". Hablaron y hablaron hasta que Amaya preguntó:

-         ¿A ti de daría pena que abortara?

-         Sí, mucha- contestó cabizbajo Javier.

 

Entonces, dejaron de hablar de qué pasaría si tuvieran el hijo; de cómo mantenerlo, como iría su relación, o de si sabrían afrontar la situación. Todo eso quedó en un suspiro aparcado por una emoción compartida, pero no reconocida, y mucho menos expresada. Ahora se había mostrado un sentimiento que los dos albergaban en su interior y ese sentimiento era tristeza por un tercero: por una persona que ellos habían engendrado e ignorado mientras, en silencio, esperaba algo tan sencillo como un “sí” de sus padres.

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