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Cuando miró el test de embarazo, no se lo podía creer: ¡positivo! Lucía tenía miedo de que realmente estuviera embarazada, que el retraso que tanto la asustó fuera, efectivamente, un signo de que algo inesperado se le echaba encima. Pero al mismo tiempo, tenía la duda que la permitía respirar. “Seguramente sean los nervios los que hacen que no me venga la menstruación”, pensaba. Deseaba que así fuera.
En cuanto llegó del trabajo, se lo comentó a Roberto, su novio. Él se quedó paralizado, sin saber qué responder. A los pocos segundos dijo: - No podemos. No nos llega apenas para pagar la hipoteca. Nos ahogamos... - Lo sé... He pensado lo mismo en cuanto he visto la prueba. En cuanto supo que la prueba daba positivo, a Lucía se le cruzó por la mente “quitárselo”. Es decir, abortar. Esa noche se acostaron los dos en silencio, sin decir nada. Durante la cena apenas pronunciaron palabra alguna. Se sentían aliviados a la vez que preocupados. Con la luz ya apagada, ella pensaba, “¿estará bien? ¿Qué pensará mamá de esto? ¿Y si no se lo digo nunca...” En todo caso, poco quedaba por pensar. No podían. Roberto no conseguía conciliar el sueño. Más bien daba cabezadas, y cuando abría los ojos tras unos minutos de haber logrado dormitar algo, le venía a la mente el momento en que Lucía le comunicó la noticia. Sentía cierta opresión, un agobio que le producía calor corporal. Ella, a su lado, pero mirando en dirección contraria, seguía pensando y empezaba a sentir una especie de tristeza que desconocía hasta entonces. Se le amontonaban en la cabeza argumentos: unos en contra y otros a favor de la decisión que habían tomado. “¿Realmente está mal? -pensaba-. En realidad, no será más que un principio de vida… o ni eso. Estoy a tiempo de hacerlo sin que sea inmoral...” A la mañana siguiente, mientras tomaba café en el descanso del trabajo, se quedó a solas con Marta, una de sus mejores amigas. Gracias a ella había logrado entrar en al empresa. Desde primera hora de la mañana Marta la notaba esquiva y callada, pero no dijo nada, hasta ese momento en el que no había nadie que interrumpiera la conversación. Le preguntó a bocajarro qué le pasaba y Lucía no pudo más. Retorciendo el vaso de plástico del café, intentando distraer los nervios, le contó todo. Marta la intentó animar, pero Lucía parecía cada vez más desesperada. Cogió un vaso nuevo y se sirvió otro café que llevó a su mesa. En ese momento, Marta aprovechó y llamó a una antigua compañera de la carrera que llevaba años como voluntaria en la Fundación Vida. Le explicó la situación de su amiga y le preguntó si alguien podría verla. Quedaron en llamarse esa misma noche, después de que Marta le preguntase a Lucía si se prestaba a una asesoramiento antes de hacer nada. Dos días después, Lucía quedó en estación de metro del Barrio del Pilar, cerca de donde ella vive, con dos voluntarios de la Fundación que buscamos un bar tranquilo y semivacío para hablar con calma. Empezó a hablar por los codos, casi con verborrea. Tenía claro que quería abortar. - ¿Por qué?, le preguntamos. - No puedo con un hijo, no soy capaz, no me da el dinero. Soy joven. Me da miedo... Esgrimía una retahíla de razones sin orden ni concierto. Mi compañera cogió papel y bolígrafo y le invitó a enumerar las causas para abortar, una a una, mientras las apuntaba en la hoja de papel. La primera, recursos económicos escasos con la subida de los tipos de interés. Se habían comprado juntos una casa de 70 metros con una hipoteca asequible, pero ahora les tenía apenas llegando a fin de mes y con ayuda de las familias. Efectivamente, era la razón primera, pero, ¿también la más importante? Se le explicó que hay ayudas, que la propia Fundación presta varios servicios para madres con problemas, que, aún cobrando poco dinero, Roberto y ella podrían buscar un trabajo mejor remunerado... Saber que había ayudas y “ver” que su trabajo no era el definitivo, hizo que ella misma descartara esa motivación: - Es verdad, tampoco estoy viviendo en la calle. Puedo reducir gastos y buscar un trabajo de más horas....” Tacharon de la lista el dinero. Un problema menos. La siguiente motivación, era más ambigua, más etérea y, para Lucía, resultaba inexplicable. La resumió con un simple: - No me veo con un niño. - ¿Por qué? - No sé, pero no me veo. Sólo tengo 24 años, me parece imposible que pueda sacarlo adelante.... Sencillamente, se ve incapaz, débil e, incluso, irresponsable. Pero, ¿realmente es así? Le preguntamos en qué trabaja. Nos cuenta que estudió sociología a la vez que trabajaba en una empresa como administrativo. Al terminar la carrera le dieron la oportunidad de ocupar un puesto técnico en el departamento de Recursos Humanos. Lleva dos años y le va bien. Cuenta como le felicitan por su rendimiento y los logros profesionales de los que está más orgullosa. Le decimos que esa trayectoria no está nada mal. Sorprende que sacara la licenciatura adelante al mismo tiempo que trabajaba a jornada completa. Es digno de ser reconocido. Se queda meditando y dice: - Sí, en eso doy el callo, pero un hijo... Es diferente, ya no es cuidar de una misma, sino de alguien que te necesita. - Si cuidas de alguien que te necesita, pero también a quien quieres más que a tu vida y a quien igualmente necesitas - Ya... Pero no me siento nada segura. Le explicamos que eso es normal en nuestra generación. Muchas personas jóvenes, quizá por haber tenido oportunidades para vivir una vida sin grandes problemas, sienten que por sí mismos no pueden cuidar de alguien. Les parece que les supera, pero esas mismas personas, cuando ven que se “les pasa el arroz”, deciden tener hijos y, sin saber cómo, todo va bien. Pensarían en un primer momento que deberían estudiar un master para ser padres, pero la naturaleza lo hace casi todo. Es simple inseguridad lo que les frenaba, pero no es un miedo real. Es imaginado. Por primera vez, el gesto de Lucía se relaja; parece que está pensando algo, como si hubiera descubierto una respuesta. A los pocos segundos dice: - Sí, es posible... De todas formas, es que yo soy muy nerviosa, mucho más de lo normal. Eso puede que cambie las cosas. - En realidad, temes no ser capaz de madurar. Te da miedo no dar la talla, porque estás en un punto de inflexión. En realidad, es lo más normal del mundo. Todos vamos madurando en la vida asumiendo los acontecimientos importantes que nos ocurren. Acabas de relatarnos cómo superaste con éxito la prueba a la que toda persona joven se enfrenta: el trabajo. Ahora te enfrentas a una prueba mayor, pero también más gratificante, como es la maternidad. En realidad, poco hay que hacer para superarla, sólo aceptarla y seguir adelante. La alternativa, el no querer afrontar esta situación, es rendirse y lastrar para toda la vida con el peso de un aborto. Algo irreparable. - La verdad es que abortar también me da miedo... estoy asustada desde el primer día, y desde el momento en que supe que estaba embarazada pensé en abortar. - ¿No será que el miedo te viene más por pensar en el aborto que por el embarazo en sí? - Puede... no sé. Temo las consecuencias de uno y otro. - ¿Por ejemplo, que temes del aborto? - Pues que tenga remordimientos, pesadillas... Que deje de ser como soy. Lucía no ha abortado y ya intuye lo que hay después de hacerlo. Sí, todo eso, y más, les ocurre a las mujeres que abortan. Es mucho más doloroso de lo que se pueda imaginar. Así se lo decimos y parecemos confirmar sus temores. Miedos, esta vez reales, a una decisión fatal - ¿Qué te sugiere dar a luz? Aparta las preocupaciones e imagina que tienes el niño... - La verdad es que tener un hijo, no sé, por lo que veo en mi familia, pues, hombre, malo no es... No, claro. Yo siempre he querido tener hijos, siempre. Si no, no me sentiría completa. - ¿Roberto es el hombre de tu vida? - Sí, sin duda. Le quiero y me quiere. - Deberías ver este embarazo como una oportunidad. Piensa mientras dobla la servilleta de papel. Sonríe y respinga, como si le hubiera entrado una vena jocosa. - Siempre tengo que controlarlo todo, cada segundo de mi vida necesito que esté bajo mi mando. - Eso no es más que una utopía. Podemos llevar el timón de nuestra existencia, pero la vida siempre da sorpresas. Es inevitable. La forma de controlar la vida es asumir esas sorpresas y hacer lo correcto. Asiente con la cabeza pensativa. Se siente más tranquila. Ya no está tan segura de abortar. Quizá, dice, tenga que pensarlo, porque se precipitó en un primer momento. Quedamos en llamarnos la semana que viene, que el fin de semana sirva para asentar ideas, sentimientos y expulsar falsas preocupaciones. El lunes la llamamos a su casa. Coge el teléfono alegre, nada que escuchamos su voz. - ¿Qué tal, cómo vas? – Le preguntamos con un tono igualmente despreocupado, pues la respuesta se intuye claramente. - ¡Muy bien! Esta tarde Roberto y yo vamos a ir a comprar ropita para el niño. - ¡¡Yaaa!! Pues sí que tienes prisa por dar a luz... Sí, y también por olvidar lo que estuve a punto de hacer. |
fenomenal Escrito por fermin el 2007-07-28 04:09:57 los hay que se estan quemando vivos con esto del aborto, toda ayuda es poca por la oveja perdida, pero tambien que aprendan por que que cara mas dura algunas | enhorabuena por salvar vidas Escrito por Invitado el 2007-09-03 18:22:29 Sin comentario, o bien con un comentario: ¡más historias como esta! cada una es un milagro de Dios y una misericordia con la familia que acoge esa vida. Siempre cambia algo cuando se elige la vida. Se comienza a ser feliz. |
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