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Gladys y sus padres caminaban a buen ritmo. sólo ella parecía descolgarse de sus padres. Muy pronto llegarían a la clínica abortista donde tenían cita.
En esto, la joven vio un edificio diferente. Al darse cuenta de que era una iglesia, se desmarcó del paso de sus padres y se introdujo en el templo, avanzando por la nave de la derecha. Al fondo, en la oscuridad de un confesionario, descubrió a un sacerdote de color entrado en años, tanto que apenas se distinguía entre la negritud que le rodeaba. Aquel cura sonriente le indicó la sacristía, donde ella le explicó que estaba embarazada y sus padres la estaban empujando a abortar. Mientras, estos esperaban fuera. Pasó un buen rato. Margarita Fraga, de la Asociación Evangelium Vitae, llegó pronto. Mantuvo una primera conversación con Gladys, quien le expuso su situación. Fue entonces cuando llegué. Una llamada me había indicado que una chica joven se encontraba en la iglesia de San Martín de Tours, muy cerca de la Gran Vía madrileña. Primero me habían hecho esperar y luego pude saludar y hablar por un momento con Gladys y Margarita. A la primera le aclaré que legalmente en España nadie no se puede obligar a una mujer a que aborte. Quedamos en que lo mejor sería que se quedase allí, mientras Margarita y yo nos íbamos a hablar con sus padres. Eso hicimos. Roxana y Joaquín –sus padres– esperaban en la puerta. Les dijimos que entrasen para hablar tranquilamente y accedieron, aunque a ella se le veía contrariada. Al entrar a una salita, ella se opuso a hablar “si no baja Gladys”. Pero pronto las palabras de Margarita le fueron apaciguando. Con gran dulzura y transmitiendo su experiencia de madre –ella misma tenía una hija soltera, madre de dos gemelos–, la fue explicando y tranquilizando. Margarita es una persona buena cristiana y daba argumentos con un enfoque religioso que pronto vi que Roxana aceptaba. Joaquín, por su parte, permanecía inmutable. Vi que la explicación iba bien orientada y me limité a completar algún aspecto o enterarme de la situación laboral de ellos, y que no era preocupante. Roxana quiere mucho a Gladys y albergaba unos planes de modo que su hija pudiera estudiar en la mejor Universidad de España. El embarazo inesperado truncaba sus objetivos, pero a la vez se abría una nueva perspectiva: ante las imágenes del feto que le mostrábamos, se conmovía, igual que al ver la foto de los gemelos nietos de Margarita. Aquellas fotos quedaron a la vista, justo frente a Roxana. Los argumentos y la visión humana y sobrenatural de Margarita iban haciendo su efecto, y poco a poco se fue haciendo a la idea de que ya era abuela. Recuerdo que le apunté dos ideas. Una es que más vale un hijo que un doctorado en la mejor de las universidades. Y otra, que nadie le podría imponer a su hija el aborto. La realidad se impuso. En un momento dado le pedimos su opinión a Joaquín, que no había dicho nada. Dijo que él quería el bien de su hija, y que si ella deseaba tener el niño, le apoyaría. Así que, aceptado el embarazo, propuse ir a por Gladys para que bajara. Subí. Una buena mujer le hacía compañía. Luego vi que le había ofrecido su casa y todo lo que quisiera. Vamos, que no estaba sola. En ese momento para contarle a Gladys los fines de la Fundación Vida y los servicios que ofrece: tenía a su disposición una bolsa de empleo, guardería, pisos de acogida. Pero se veía que no necesitaba otra cosa que el cariño y la comprensión de su madre. Bajamos. Gladys se despidió de aquella señora tan amable. Yo la previne y animé para tener un encuentro normal con sus padres, a quererles y comprenderles. Pero también a no ceder en su maternidad. “Con el tiempo lo agradecerán”, le prometí. Al aparecer Gladys, madre e hija se dieron un caluroso abrazo, y vimos que los padres de la chica ya aceptaban ser abuelos. Margarita extrajo la Oración por la Vida compuesta por Juan Pablo II, y todos rezamos al mismo tiempo. En momentos así, la persona expresa libremente la espiritualidad que lleva dentro. Así pues, estábamos en un caso inicial de aborto, con cierto riesgo, convertido luego en un caso de conciliación familiar. Porque el hecho es que Roxana y Joaquín no viven juntos y esperamos que el ser abuelos les una más. Al final, Margarita y yo celebramos lo que habíamos vivido. Ya en la calle me decía: "Yo, que hoy no tenía que cuidar nietos, y esperaba una tarde tranquila, voy y me veo envuelta en todo esto". Los dos coincidimos en la felicidad que producía haber realizado ese papel en una tarde de mayo. Días después nos enteramos que los padres volvieron a coaccionar y Gladys no vino a su cita de ecografía para ver a su hijo sino que abortó, sin embargo el arrepentimiento días después ya estaba en todos sus pensamientos y tanto Gladys como su madre se pasan el día pidiendose perdón, desean volver a empezar y tiene secuelas de este dramático final que tendrán que ir superando. -Manuel Pérez Cerrada
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