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viernes, 13 de abril de 2007 |
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El derecho a la vida, que la Iglesia católica proclama sin rodeos, significa el derecho que cada ser humano tiene a nacer, vivir y morir con dignidad.
Nuestro mundo, sin embargo -especialmente los países occidentales-, ha alterado este orden. El aborto, lejos de ser considerado un crimen, se concibe por algunos como un derecho de la mujer.
La eutanasia, por su parte, ha llegado a ser vista como un ejercicio de buenos sentimientos.
En realidad ambos males, lejos de liberar del sufrimiento, no consiguen otra cosa que enmarcarar el drama humano y disolver las certezas sobre el valor infinito de cada vida humana, verdadero pilar de nuestra civilización.
Los católicos, unidos a todos aquellos que definden que ningún poder tiene derecho a disponer de la vida humana, tenemos la responsabilidad de desenmascarar las falacias sobre las que se edifica la cultura de la muerte. Lo exige: primero el amor a la dignidad humana, después la fidelidad al Evangelio de la vida, y el servicio a la dignidad sagrada de toda persona, creada a imagen y semejanza de Dios. -Enric Barrull Casals
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