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martes, 03 de abril de 2007

LA LIBERTAD NO SE LIMITA AL LIBRE ALBEDRÍO

  

Una sombra se extiende en nombre de la libertad. Es el nuevo dogma del hombre moderno: sin libertad no se puede ser persona, sin libertad no hay dignidad; sin libertad no hay razón de ser. Pero, ¿qué concepto hay tras el uso actual de la palabra libertad?  Resulta preocupante que la manida libertad del hombre se ligue tanto a la dignidad humana: hay que legalizar la eutanasia, se dice, para que cada cual pueda tener una muerte digna; es decir, una muerte elegida libremente. Igualmente, la madre gestante ha de ser libre para abortar, porque si no carece de dignidad. Cabe pensar que los niños, sea antes de nacer o después, al depender de los padres tampoco son dignos, pues la sola dependencia hace creer que es una resta a la libertad... Esta dignidad de escoger cualquier opción se considera generalmente recién adquirida, como si no hubieran existido libertad humana antes de los dos últimos siglos. De repente, Ilustración mediante, el hombre parece haberse liberado de unas cadenas que lo esclavizaban desde el principio de los tiempos.

 

Esta idea de libertad es plenamente subjetiva, dependiente únicamente del criterio del individuo, sea o no acertado éste. Tal capacidad de elección, que por otra parte es inherente al ser humano, es el libre albedrío. La capacidad de elegir racionalmente entre dos o más alternativas es una de las características que definen al hombre frente al resto de la naturaleza.

 

Sin embargo, ¿es completo este concepto de libertad? ¿Se consuma la libertad humana en el libre albedrío? Por poner un ejemplo radical, ¿alcanza la libertad una persona que libremente pruebe las drogas y acabe esclavizado a su adicción? ¿Es capaz el hombre de liberarse así mismo?

 

El proceso por el que se ha llegado a esta noción de la libertad humana ha sido lento, pero crónico y degenerativo. En el siglo XIV, el filósofo Guillermo de Occam afirmará que no hay posible conocimiento de conceptos universales. Esto significa que si, por ejemplo, vemos a un hombre que se llama Juan, podremos conocer lo individual de dicho sujeto, pero si no lo llegamos a conocer claramente, lo denominaremos ‘hombre’ Eso no supondría que exista realmente algo como ‘el hombre’, puesto que tal término solamente sería un nombre que nos serviría como ayuda o sustituto hasta conocer lo individual.

 

Hoy arrastramos esta idea del conocimiento, que nos ha llevado a creer a pies juntillas en lo que nos dice la ciencia sobre las leyes de la materia, pero a descreer completamente de cualquier ley humana que sea objetiva. Sólo la opinión individual, se afirma hoy, es real. El resto de normas y valores, se presentan actualmente como construcciones sociales más o menos útiles para la convivencia, pero carentes por sí mismas de significado.

 

 La consecuencia de esta perspectiva en que sólo se tiene conocimiento de lo individual y no de lo universal es que se cercena la dimensión trascendente del hombre y la razón de ser de la inteligencia, cualidad única en la naturaleza. Al contrario que el resto de seres vivos, el hombre siempre busca más allá de los estímulos que recibe del entorno. Su vida y comportamiento no están determinados por los instintos que le permiten adaptarse al medio, si no que puede tomar distancia del mundo gracias a la inteligencia, lo que le permite, al mismo tiempo, un mayor conocimiento del propio mundo. Así, el animal, que únicamente posee percepción sensitiva, sólo puede captar las cosas concretas: ‘este’ caballo; ‘este’ árbol. El hombre, en cambio, puede captar la noción universal de caballo y de árbol y podrá hablar de ‘el’ caballo y de ‘el’ árbol. De esta manera, es posible el conocimiento de las leyes de la naturaleza.

 

Pero la razón no sólo permitiría un conocimiento consciente del mundo material, si no que, acorde a la trascendencia de la naturaleza humana, ese orden natural que se percibe adquiere un sentido. Todo, descubre el hombre, ocurre por y para algo. Cada acontecimiento de la naturaleza tiene una causa y un fin. Sin embargo, que, por ejemplo, el polen de las flores permita sostener una colmena de abejas y, a la vez, la acción de éstas permita la reproducción de las flores, es parte del ciclo biológico cuyo fin es la perpetuación de la especie, objetivo inherente también a la especie humana, pero insuficiente a la persona. El sujeto humano no sólo busca que se perpetúe su progenie, si no que él mismo como individuo busca no perecer nunca, lo cual es imposible en el mundo, limitado por el espacio y el tiempo. Éstas son las verdaderas cadenas de todo ser humano, de las cuales siempre ha buscado escapar dejando una huella en la vida común y volviendo su vista a otro mundo que no ha encontrado en este. Credos, patrias, ideologías, arte y cualquier simbología ha supuesto un clamor del hombre para trabajar, luchar e incluso morir por algo que en la naturaleza no encontraba plenamente. En otras palabras, hay una necesidad del más allá, que nunca se satisface con  respuestas de la ciencia. Hay quienes niegan esa necesidad, pero luego se suelen comportar transfiriendo esa sed que niegan a nuevos dioses: la cultura, la belleza, la naturaleza, el deporte, la propia ciencia, etc.

 

Ahora bien, que el hambre de trascendencia humana no se sacie en este mundo no significa que no pueda alcanzar un conocimiento real de algo que no es propio de la naturaleza física y, sin embargo, está escrito en el corazón humano, experimentando ya aquí una verdadera libertad. Volviendo al ejemplo de quien se enganche a las drogas, esa misma persona puede vencer su adicción y liberarse de su elección errónea: elección tomada libremente, pero que ha resultado fatal. Si cuando probó las drogas el placer que le produjeron lo arrastraron a la esclavitud, la voluntad será la que le libere de dicho tormento.

 

Así pues, cuando salga de tal esclavitud será de nuevo tras una elección propia; una decisión libremente adoptada que, en cambio, esta vez dará frutos completamente diferentes. La clave del cambio no habrá estado en la mayor autonomía de la elección individual, si no en haber escogido en virtud de algo superior al libre albedrío. La liberación del que se auto-esclaviza vendrá por haber escogido bien y haber renunciado a lo que le produjo una satisfacción inmediata, buscando lo que verdaderamente le es bueno. De manera que será el bien lo que oriente el libre albedrío de la persona a una verdadera libertad. Buscar lo que es bueno por sí mismo es lo que permite al hombre encontrar lo que es bueno para él. Y cuánto mayor conocimiento se alcance del bien, más libre será el individuo de los condicionamientos mundanales.

 

De esta forma, aunque el libre albedrío es necesario para que el hombre sea libre, la libertad se alcanza cuando dicha capacidad de elegir se emplea acertadamente. Y el acierto en el ser humano no pasa por acaparar parcelas y resortes del mundo para uno mismo, si no trabajar por y para alguien diferente. ¿Es más libre un magnate cuyo único propósito en la vida fuera acaparar bienes, o unos padres de familia con medios austeros que entreguen su vida por el bien de sus hijos? En un primer momento, y tal como hoy se nos presentan las cosas, la respuesta espontánea sería, sin duda, el magnate. Éste tendría medios económicos sobrados para no depender aquí y hoy de nada ni de nadie. Pero, ¿estaría este personaje respondiendo así a su naturaleza humana? ¿Estaría cumpliendo con los fines que como ser humano puede desarrollar? ¿Encontraría de esta forma la trascendencia de la que, como persona, es capaz?

 

Sin embargo, los padres que sin grandes medios alimenten y eduquen bien a sus hijos están yendo más allá de la mera supervivencia personal y la de su progenie. De la misma forma, quien se entregue por aquellos que ni son familia, estará yendo más allá de la supervivencia propia y la de sus co-sanguíneos.

 

Tales actitudes, cuando implican sacrificio y desprendimiento de bienes materiales, se explican por otro rasgo propio de la identidad del hombre: la capacidad de amar. No se trata, claro está, de un amor sentimentalista o romántico, si no del amor que ve en cada una de las personas un fin en sí mismo digno de ser servido. Por eso, los progenitores humanos no son meros procreadores de una prole, si no padres y educadores que buscan el bien de cada uno de sus hijos. Del mismo modo, el hombre no busca simplemente leyes convenientes para los suyos y su propia sociedad, si no principios morales objetivos que, salvando las particularidades contingentes de cada sociedad, sean necesarios para todo el bien de todo el género humano. La única ‘ley’ que resulta ser un bien común para todos sin que sea tiránica es el Amor, pues hace más dignos todos aquellos comportamientos y acciones que impliquen que el individuo libremente escoja servir antes de ser servido.

 

“Ama y haz lo que quieras”, decía San Agustín. No se refería el santo de Hipona a que amar conllevara poder hacer cualquier acto, incluso contrario al propio amor, si no que una vez que se ama, la persona encuentra el camino para hacer lo que su naturaleza humana le reclama. Del libre albedrío se deriva la capacidad de amar, pues todo amor forzado, en realidad, no es tal, si no impostura. Ahora bien, una vez elegido el amor, este no lleva a una poder terrenal, si no a escoger libremente servir y ver la liberación no en el mundo y el amor propio, si no en el bien del otro. Esta es la cima de la libertad: contravenir al mundo empleando la libertad no en controlar más el mundo, si no en desprendernos y liberarnos completamente de él, postrándonos ante un fin, como es el amor, que lo trasciende completamente.

 

   Guillermo de Navascués

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Comentario[s]
Gracias
Escrito por Invitado el 2007-04-03 03:34:03
gracias por dedicar su tiempo a lo importante, por explicar lo maravilloso y por ayudar a ver al que ya no ve...

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