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jueves, 15 de febrero de 2007

El aborto y la derrota del Estado

Por José Francisco Serrano Oceja

Embrión humano
En España, hay pocas noticias que nos sorprendan más allá de las que marca el calendario de las agendas políticas de lo interior. El Gobierno parece ensayar, en el circo de la sociedad, el funambulismo de lo más peligroso todavía. La onda expansiva no se detiene en nuestras fronteras; la ingeniería social de la izquierda se contagia por vía de permeabilidad social.

Los eslóganes son los mismos: madurez democrática, entrada de pleno derecho en el siglo XXI; así gritan los post-progresistas de nuestra vecina Portugal. Los ciudadanos han participado, exiguamente, en un referéndum, nueva fuente de eticidad, y le han dado la vuelta a la tortilla de los valores morales.

La legislación permisiva con el aborto es un fenómeno del siglo XX y esperemos que no el fenómeno que defina el siglo XXI. En Europa, con las nobles excepciones de Polonia e Irlanda, las legislaciones dan carta blanca a la aniquilación de la vida humana. Fue esa Europa la que no asimiló el referéndum de 1998 en Portugal, con un "no" al aborto que ahora se ha querido revocar. Los entornos han presionado y lo han conseguido. La ingeniería social todo lo puede. No olvidemos que en el VII Congreso de Oporto, del Partido Socialista Europeo (PSE), la candidata socialista a la presidencia de Francia animaba a que el resultado del escrutinio aupara a ese país al olimpo de las sociedades más avanzadas.

En un país en el que la transversalidad de la moral en política generaba sorpresas como las de un presidente de la República socialista y católico, la votación de este fin de semana pasado supone el principio del fin de esa transversalidad y la consolidación del abandono ético a la suerte del laicismo occidental. No es verdad que quien ha perdido el referéndum en Portugal sea la Iglesia Católica. No, quien lo ha perdido es la humanidad, el hombre, la vida. Una de las clásicas estrategias del materialismo dialéctico, del antiguo y del nuevo, es utilizar los datos de la realidad según interesan. Gane quien gane, el progresismo siempre se sale con la suya. La dictadura de la ideología ha buscado, una vez más, un atajo.

El aborto legal es el indicador más evidente de la concepción materialista de la existencia. No es casual que fuera la Unión Soviética, cuarenta y siete años antes de la Abortion Act de Inglaterra, la que despenalizara el aborto en su territorio. La influencia de los modelos pragmáticos y utilitarios en los países de habla inglesa ha facilitado esta expansión del aborto en Europa. Juan Pablo II nos dijo, en la encíclica Evangelium Vitae, que la causa de las leyes contra la vida humana está, en última instancia, en el "eclipse del sentido de Dios".

Tenemos un dato más para confirmar lo que Julián Marías, quien dijera que tres males amenazaban el mundo actual –el terrorismo organizado, la difusión universal de la droga y la aceptación social del aborto–, había apuntado como característico de nuestros días: la fragilidad de la evidencia, que es un síntoma de una época crepuscular. Hay quien habla ahora de Occidente contra Occidente. La mentalidad antilife no conquista sólo la despenalización del aborto, busca la exculpación en las conciencias.

Se da, además, una perversa función de la ley: el intento de cambiar la propia naturaleza del acto. Los derechos contra la vida aparecen como legítima expresión de la libertad individual y del progreso de las naciones. La novedad de nuestro tiempo no es tanto que se mate al hombre inocente como cuanto que se asuma acríticamente la legalidad de este hecho. Con el aborto, queda en entredicho el fundamento de la legalidad, de la juridicidad y de la democracia, al menos, la procedimental. Juan Pablo II habló, en octubre de 1985, refiriéndose al aborto, de la derrota del Estado. También en Portugal.

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