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Los límites de la libertad PDF Imprimir E-Mail
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jueves, 28 de diciembre de 2006

 

Image"La libertad de las personas manifiesta su dimensión más profunda. En aras de su conocimiento y protección, la gente se ha comprometido en todas partes, ha luchado, ha sufrido e incluso ha muerto, es decir, ha perdido la vida, soporte material imprescindible para se materialice la libertad. Justamente porque la libertad no puede realizarse sin vida, la vida se convierte en el límite de la libertad. No es el único, ciertamente, pero es muy importante. Por eso los alegatos contra la pena de muerte, el rechazo de las guerras, la condena generalizada de la violencia ha vertebrado la conquista de los estados democráticos de derecho.

 

 

Así como la legítima defensa o el estado de necesidad excluyen la responsabilidad penal en ciertos atentados contra la vida, de igual manera a cómo ciertas guerras acaban considerándose inevitables, nuestra legislación penal ha fijado razones para eximir de responsabilidad la práctica de ciertos abortos. Pero justamente de ahí se desprende que su realización injustificada es arbitraria y que dar falsas justificaciones es un fraude. Por eso condeno explícitamente el fariseísmo público que permite hacer un negocio lucrativo de la eliminación sistemática de la vida, arguyendo falsas razones, amparándose en la letra de la ley, no en su espíritu.

 

Ciertas mujeres, y muchos hombres interesados, podrían contestarme diciendo que lo único importante es garantizar la libertad de las mujeres de decidir sobre su propio cuerpo. Pero en la época en que las mismas personas nos están diciendo que no podemos decidir individualmente sobre llevar o no casco cuando vamos en moto, o cinturón de seguridad para conducir, cuando se ha acabado poder fumar en cualquier lugar o comer hamburguesas de talla gigante, prohibiciones todas ellas motivadas por la vida, entonces, ¿se puede decir que en esta definitiva situación de vida que es la maternidad solo decide la madre?

 ¿Saben de dónde viene el problema? De que alguien nos ha vendido un presunto derecho a ser madre o padre, el mismo que ahora lleva a decir que cualquier pareja de dos puede adoptar, si lo desea. Y de este derecho se deriva otro, el de renunciar a él. Pero la vida nos viene dada, aunque, como nos ha pasado con el poder, el espejismo de una libertad sin límites nos hace pensar que somos nosotros quienes decidimos. Finalmente, el peor pecado de todos es el de soberbia".

Me movían, pues, dos intereses: defender la seguridad jurídica que creo imprescindible para que un sistema democrático funcione con normalidad, y argumentar que si la libertad moral no tiene límites, puede acabar desapareciendo. Extraña paradoja la del liberalismo moral combinado con un creciente intervencionismo económico y social. Toda regla social implica la existencia de excepciones, y no discuto que de la excepción siempre debería poder hablarse en aras a la equidad; pero el más puro pragmatismo nos debería hacer pensar que, antes que los árboles, necesitamos la vida humana, siquiera sea para sustentar nuestro ya precario sistema de pensiones o, si me apuran, las adopciones de los matrimonios homosexuales.

En España el aborto no es libre. Si quien gobierna pretende que lo sea, debe enfrentarse valientemente a contrastarlo con la ciudadanía y con los valores que la sustentan. Pero que la gente no conozca el alcance de la eliminación arbitraria de fetos vivos, a cuya humanidad solo le falta salir del vientre de su madre, reduce su capacidad de decidir qué quiere ser en el futuro. Un enorme muro de silencio parece rodear esa información, por lo que me importa poco si el reciente reportaje de la televisión pública danesa ha sido utilizado de forma oportunista, para levantarlo.

Lucrarse en la sangre humana, contra un sabio juramento de siglos, con la indiferencia de los que luego se rasgan las vestiduras por otras ignominias de la tierra (el hambre, la guerra, los múltiples tráficos de esperanzas) se me antoja relevante motivo de reflexión política. Así me siento yo ahora, y saber por qué cosas como esas parecen no importar ocupará un pedazo de mi tiempo en el futuro inmediato. Excúsenme si en el camino les he parecido algo talibán...

Artículo de Montse Nebrera, diputada del PP en el Parlament.

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