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Isabel se planteó abortar al quedarse embarazada después de tener su primer hijo. Las circunstancias económicas de hogar eran desesperadas, pero un día llamó a un gabinete de asesoramiento para embarazos no deseados de la Fundación Vida y encontró un apoyo en la solución de sus problemas.
Ella es gitana de raza, delgada y nerviosa. Nació en Vallecas, aunque ha vivido siempre en Villaverde Alto.
No tendría más de tres meses cuando sus padres se separaron. Su madre no podía estar siempre en casa y la criaron sus cinco hermanas y un hermano. Ella era la última.
Después de casarse y tener a su primer hijo, Isabel se quedó de nuevo embarazada. Su marido tenía problemas con las drogas y le vino de sorpresa. Recuerda cómo buscaba un centro donde abortar. Además vivía en una casa alquilada y no tenía más ayudas que un sueldo miserable.
El marido de Isabel es vendedor de fruta. Él trabaja para su padre en la venta ambulante. Ella se debatía entre dar vida al nuevo hijo –puesto que ya sabía lo que es ser madre-, o ceder a las presiones económicas y cortar por lo sano el nuevo embarazo.
“Tenía que sacar adelante a mi marido, a mi hijo, a mi casa y llegar a fin de mes y sobrellevar el embarazo”, recuerda Isabel. “Te hundes. En ese momento en que te dicen que estas embarazada, te hundes. Pero completamente”.
Todo fue por marcar un número de teléfono. En ese momento me dieron una cita. Fue una conversación con los dos. “Mi marido no lo tenía claro”.
Si su marido es nervioso, Isabel lo es más. No dejaba de darle vueltas a la idea. Sabía que tener un hijo es algo para toda la vida, que no es una tontería, la responsabilidad que conlleva, y que el aborto hubiera provocado un remordimiento de conciencia enorme.
Mientras el marido hacía cuentas. Se acumulaban las deudas y los números no acababan de cuadrar. Además vivía con sus suegros. Cuando el primogénito tenía seis meses les echaron de su casa. El alquiler se llevaba más de la mitad del sueldo y había tres bocas que alimentar, y otro más en camino.
Un día Isabel se fue a hacer una ecografía. Estaba muy nerviosa y en el quinto mes de gestación. Al ver el niño, Isabel, nerviosa, seguía pensando en el aborto, mientras su marido lo descartaba.
Aquél fue un momento crítico. Isabel se puso muy nerviosa. Su marido la cogió y supo tranquilizarla, mientras que a los de Fundación Vida que le acompañaban, no se les ocurrió otra cosa que entrar en un bar a tomar algo.
Allí donde Isabel se tranquilizó y una vez todos serenos, decidieron tener el hijo, pasara lo que pasara.
Tiempo antes ocurrió que tiraron la casa familiar que tenían en un poblado, con derecho a realojo. Aquel derecho se había quedado en papel mojado y el IVIMA no les daban el piso prometido. En estas, lo reclamaron y ganaron el juicio. Pero decían que no había pisos libres.
Isabel pudo enterarse que había un piso vacío, y reclamó su derecho. Pero no quisieron darlo. Como es mujer de empuje, Isabel decidió ocuparlo. “Rompí la puerta y nos metimos dentro”. El piso llevaba tres años vacío y la comunidad de vecinos lo tenían oculto. “A los seis meses me lo concedieron. Pero porque no podían decir que no”.
Ahora se llevan bien con los vecinos, que han reconocido su error. Isabel tuvo a su hijo, y al tener este piso las cuentas se hicieron más fáciles de llevar. Desde luego, que todo cuesta en esta vida, pero a ellos y a sus hijos la fruta les sale gratis.
Como no hay dos sin tres, un buen día supo Isabel que había quedado de nuevo embarazada. Su suegra, en cambio, volvía a ver aquello como una desgracia. “No me amargues. Para mí es una alegría”, le decía Isabel. Y así es como llegó la niña.
Ahora su marido está mejor. “Si no fuera por mí, él ahora estaría tirado”, dice. Él no gana más, pero con la llegada del tercer hijo tienen derecho a un nuevo piso más amplio. La vida sigue, y aunque viven muy justamente, Isabel es feliz con su marido y sus dos hijos y su hija.