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En España, oponerse al aborto y denunciar su realidad se paga caro. Las palabras “Genocidio silencioso”, “dictadura”, “abusar del cuerpo de la mujer”, utilizadas por Monseñor Javier Martínez, arzobispo de Granada, el pasado 20 de diciembre, para explicar en una homilía a sus fieles en qué consiste el "derecho" al aborto le han costado un denuncia por la que piden su ingreso en prisión.
A raíz de sus declaraciones, los habituales palmeros de la nueva inquisición promueven en las redes sociales una iniciativa que tiene como objetivo encarcelar al arzobispo de Granada. Decía Monseñor Javier Martínez en su homilía que “el Estado tiene el poder de decidir para qué sí o para qué no somos libres”. Frente al derecho que constitucionalmente asiste a todo ciudadano de expresar libremente sus opiniones, los promotores de la iniciativa para silenciar a un defensor del derecho a la vida consideran que Monseñor Javier Martínez se ha comportado como el malhadado imán de Fuengirola, que instruía a los hombres acerca del modo en que deben pegar a sus esposas sin dejar huella. Teología feminista Desde una estrafalaria “teología feminista”, quienes denuncian al arzobispo granadino por decir que el aborto es un “genocidio silencioso”, dan muestras nuevamente del proyecto que se oculta tras iniciativas legislativas como la del exterminio de niños no nacidos, o la de “libertad” religiosa. Frente al “rigor”, digamos, ideológico de los hooligans de la nueva inquisición, las palabras de Monseñor Javier Martínez constituyen un ejemplo claro, diáfano y valiente de honestidad intelectual y de coherencia con las propias convicciones. Aunque en España, si cada uno de nosotros lo consiente con su silencio y su pasividad, este tipo de comportamientos terminarán siendo delictivos. A continuación, proponemos algunos fragmentos de la homilía de Monseñor Javier Martínez: “Es de cobardes matar al débil” “Pocas imágenes en la historia más tristes que la que han ofrecido nuestros parlamentarios aplaudiendo lo que por fin se ha convertido en un derecho: matar a niños en el seno de la madre. ¿Y a eso le llaman progreso? Se promulga una ley que pone a miles de profesionales (médicos, enfermeras,…) -sobre todo a ellos- en situaciones muy similares a las que tuvieron que afrontar los médicos o los soldados bajo el régimen de Hitler o de Stalin, o en cualquiera de las dictaduras que existieron en el s.XX y que realmente establecieron la legalidad de otros crímenes, menos repugnantes que el del aborto. Porque es de cobardes matar al débil. Es la humanidad la que retrocede con este genocidio silencioso al que se nos invita y que ahora se promueve, genocidio que se impone a ciertos profesionales como si fuera una obligación –repito: el mismo tipo de obligación que las que tenían los oficiales en los campos de concentración de Auschwitz o Dachau, en los que no podían rebelarse porque eran órdenes superiores-.” “Abusar del cuerpo de la mujer” “Matar a un niño indefenso, ¡y que lo haga su propia madre! Eso le da a los varones la licencia absoluta, sin límites, de abusar del cuerpo de la mujer, porque la tragedia se la traga ella, y se la traga como si fuera un derecho: el derecho a vivir toda la vida apesadumbrada por un crimen que siempre deja huellas en la conciencia y para el que ni los médicos ni los psiquiatras ni todas las técnicas conocen el remedio.” “Frente al aborto, el perdón” “Sólo existe una medicina para este crimen: el perdón, medicina que sólo conocemos los cristianos. Un médico que haya practicado cientos de abortos y que algún día caiga arrodillado, asombrado de su propia mezquindad humana, es abrazado por el Señor. Una adolescente engañada por el chico que abusó de ella o por sus padres, o por la imagen que tiene de sí misma, siempre tendrá en la Iglesia una casa, una familia y una madre.” “Estamos ya en una dictadura” “Esta licencia para matar no es más que un primer paso de la pérdida de libertad en nuestra sociedad, el primer paso –gravísimo- que anuncia que estamos ya en una nueva y terrible dictadura -¡terrible!- y que la libertad es una palabra vacía, porque el Estado tiene el poder de decidir para qué sí o para qué no somos libres, de decidir quién tiene derecho a vivir y quién no, qué es lo que tiene que haber en nuestra conciencia, cómo llamar a las cosas, o cómo deben ser nuestras relaciones humanas, incluso las más íntimas, qué es o no un matrimonio. No es una dictadura, no, es el tipo de autoritarismo tiránico de las sociedades primitivas. Y nosotros lo permitimos con una pasmosa tranquilidad, lo consentimos sin alterarnos porque el show tiene que continuar, porque tienen que seguir el consumo y la fiesta.” Sólo los usuarios registrados pueden escribir comentarios. Por favor ingrese con su usuario o regístrese. |